Mural del Bicentenario

En 1780 fueron sacrificados Túpac Amaru, Micaela Bastidas y toda su familia. Entre 1810 y 1824, aunque todavía monárquicas y mentalmente colonizadas, las juntas de gobierno leales a Fernando VII prepararon a veces sin quererlo, la independencia de la América española. En 1821, San Martín proclamó en Lima que somos independientes por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende. En 1824, Sucre y La Serna suscribieron la Capitulación de Ayacucho. En 1866 el Perú y Chile rechazaron el último intento de Madrid para recuperar su imperio.

El 2 de mayo de ese año 1866, triunfante la revolución liberal de Mariano Ignacio Prado y los hermanos Gálvez contra el capitulador tratado Vivanco – Pareja, tuvo lugar el verdadero final de la lucha armada por la independencia. Fue una jornada de protagonismo peruano y popular, ya no era resultado de la ayuda sudamericana o inglesa. La voluntad general del pueblo dejó de ser una proclama y se convirtió en una actitud concreta.

Todo ese proceso fue sellado legalmente con el Tratado de París del 14 de agosto de 1879 en que finalmente Alfonso XII, rey de España, tuvo que aceptar que el Perú es independiente[1].

La independencia política del Perú no fue sellada en la declaración de 1821 ni en la capitulación de 1824 sino en la guerra de 1866; y fue suscrita en el Tratado de 1879. La independencia económica quedó pendiente hasta hoy.

Cuando los españoles se fueron después de la Capitulación de Ayacucho, quedó un gran vacío de poder. Aquellos que gobernaban en nombre del Rey, condes y marqueses peninsulares, retornaron a su patria. Los criollos se quedaron, no tenían otra opción.

Y también se fueron los libertadores. San Martín emigró a Europa, Bolívar retornó a Venezuela, Cochrane regresó a Inglaterra, Monteagudo había sido asesinado en Lima. Mariano Necochea, disgustado con Bolívar y el gobierno peruano, volvió a Buenos Aires diciendo: del Perú solo quiero llevarme las heridas[2].

Los líderes independentistas no gozaron el triunfo, les esperaba la ingratitud y la tragedia. Bolívar murió fugando de sus enemigos hacia Inglaterra; a Sucre lo asesinaron; San Martín murió en el exilio, aborrecido por Rivadavia; los hermanos Carrera y Manuel Rodríguez fueron fusilados por sus compañeros; Bernardo O´Higgins buscó refugio en el Perú huyendo de sus enemigos. Manuelita Sáenz, la combatiente transgresora y Simón Rodríguez, el maestro, fueron arrojados a la fosa común en Piura después de acabar en la miseria; Francisco de Miranda acabó sus días cautivo en España (fue entregado al comenzar la guerra a los colonialistas por sus propios coroneles) y su cadáver también fue a dar la fosa común. Rosa Campusano, la conspiradora limeña, pareja temporal de San Martín en Lima, que entregó su fortuna y arriesgó su vida ayudando a los patriotas, vivió largos años en el olvido y murió en la miseria; y los gobernantes del Perú, le negaron incluso una pensión.

Quedaron los de segunda y tercera fila, algunos héroes que arriesgaron la vida y sufrieron heridas en la guerra, pocas eminencias y muchos oportunistas. Con San Martín se fue el estratega militar. Con el retorno de Bolívar al norte y la muerte de Sánchez Carrión perdimos el sueño político de la unificación hispanoindoamericana. Solo quedó el sabio conservadurismo de Unanue, la honestidad de La Mar que fue traicionado por Gamarra; la amplia visión de Santa Cruz que no fue aceptado por su apariencia india. Pero la grandeza, el vuelo del pensamiento republicano hacia la utopía, se fue con los iniciadores y libertadores, para nunca regresar. Riva Agüero se convirtió en traidor y Torre Tagle murió en el arrepentimiento compartiendo sus últimos días trágicos con los realistas.

No había rentas, no había presupuesto, no había ejército, no había fronteras, solo un enorme territorio despoblado y un gobierno disputado por jefes segundos que se convirtieron en caudillos. Así empezamos la república.

Tampoco el mundo era favorable a grandes sueños. Con Napoleón, terminó la grandeza militar unida a la modernización capitalista; las revoluciones francesa y norteamericana ya se desteñían en la bruma del pasado. En Europa habría que esperar a la Francia de 1830 y 1848 para retomar el aliento revolucionario, pero eso no llegó aquí; y además el impulso fue ahogado en sangre en la Comuna de 1871. Después del apoyo liberal y masónico de Canning a la independencia sudamericana, Inglaterra quedó solo como una potencia imperial y colonialista, presa de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales; y de Estados Unidos no había nada que esperar sino la temprana doctrina Monroe que pendía como una espada de Damocles sobre las jóvenes, desunidas y débiles repúblicas sudamericanas.

Lógico hubiera sido organizar los distintos elementos culturales indígenas, mestizos y criollos, que habían sobrevivido después de 300 años de coloniaje, y convertirlos en un estado republicano moderno. Pero solo había una población de semiesclavos recluidos en las haciendas apropiadas por los criollos, cuyos códigos de comunicación eran distintos al modelo francés e inglés que los liberales mejor intencionados pretendieron   imitar. Los ejemplos de Francia e Inglaterra eran inaplicables: se necesitaba imaginación para diseñar algo surgido de la autenticidad peruana, pero no había energía política ni capacidad intelectual para intentarlo. Vigil tratando de impedir los arrestos dictatoriales de Gamarra, Casós defendiéndose de los asesinos de los hermanos Gutiérrez, los Gálvez luchando por la independencia el 66, Juan Bustamante quemado vivo junto con los indios alzados en Puno; José María Químper denunciando el entreguismo del contrato Grace, no tuvieron tiempo ni ánimo, ni encontraron ambiente favorable para esa creación. Todo era urgente, inmediato en el criterio de los de arriba. Lo urgente bloqueaba lo importante. Lo originario que era valioso no cabía en el modelo europeo ni en la mentalidad liberal, menos en el conservadurismo de Bartolomé Herrera o Ricardo Palma: 15,000 años de historia, una sabiduría nativa que era despreciada, unas costumbres de solidaridad que eran vistas como arcaicas, una raza que era tenida por inferior; y riquezas naturales que fueron usadas como botín para entregar a extranjeros y no como la base de una industria probable cuyo modelo, así como el de la democracia política, ya existía en el mundo hacía mucho tiempo pero que aquí, en este país dominado por rentistas, era irrepetible.

No era posible una cultura de libro ni unas leyes escritas que fuesen obedecidas por todos donde había un extendido analfabetismo a la vez que una casta que se creía por encima de la ley, una Iglesia conservadora hasta el medievalismo, unas mujeres sometidas a la triple dominación del marido, la sociedad y la Iglesia. No era posible una sociedad libre donde había semiesclavitud. No era posible una república donde no había concepto de lo público sino patrimonialismo y patriarcalismo.

Por eso, como los camiones que avanzan dando tumbos con las tolvas atestadas de personas y bultos en los caminos de la sierra, la sociedad peruana se fue acomodando según los empujones de sus componentes. Los segundones militares se apropiaron de las tierras de los españoles además de arrebatar parte de las que correspondían a las comunidades indígenas coloniales. Los indígenas continuaron siendo tributarios igual que en la colonia. Las mujeres fueron prohibidas de ser abogadas o sacerdotisas o médicas.

Durante los primeros diez años de vida republicana, los caudillos disputaron la presidencia valiéndose de sus pequeños ejércitos seguidos de “rabonas” sin que nadie destacase por inteligencia, generosidad, sabiduría, tacto. Hasta que el inusitado descubrimiento del guano, útil para una agricultura que ya se industrializaba en Europa, permitió repartir las primeras riquezas obtenidas de la venta de los excrementos, no por supuesto entre todos los peruanos como era justo y de sentido común, sino entre los afortunados que lograban hacerse del gobierno y los herederos de los colonialistas; mientras los infortunados trabajadores chinos, enganchados y traídos en las peores condiciones desde el otro lado del mundo para reemplazar a los negros, tenían que pasar por la tortura de extraerlo para beneficio de sus señores contratistas. Mientras aquí la agricultura languidecía en la repetida práctica de técnicas arcaicas, el fertilizante peruano servía para modernizar la producción europea.

Con el dinero del guano se indemnizó a los propietarios de casas y haciendas, pero no a los siervos ni a los semiesclavos, ni a los montoneros, ni a los soldados, ni a las mujeres de los soldados que participaron en la lucha por la independencia que fue, no solo una epopeya de generales y coroneles, sino también una epopeya montonera y popular. Los guerrilleros y montoneros indios y los líderes provincianos, las heroínas anónimas que lucharon con ellos, no fueron tomados en cuenta en los parlamentos ni en las decisiones, solo los terratenientes, curas, obispos, generales, mariscales, grandes mariscales y señores.

El término de la esclavitud no fue por abolición sino por compra. Se pagó a los esclavistas, pero no se indemnizó a los esclavos. Se compró más esclavos que los que existían realmente. Y mientras consolidados y esclavistas disfrutaban de sus renovadas fortunas sin pagar impuestos, los esclavos negros liberados quedaron sin casa y sin trabajo; al tiempo que los nuevos esclavos chinos reemplazantes de los negros tuvieron que esperar años para irse liberando por sus propias fuerzas e ingenio. Por su parte, las familias consignatarias continuaron parasitando las riquezas del país y disfrutando del poder hasta hoy. Una oligarquía fue formada artificialmente por Castilla y un grupo de caudillos militares que se hicieron del gobierno no por el voto sino por las armas. No fue una burguesía, no tuvimos Medicis ni Marcos Polos. Tuvimos Pardos, Goyoneches, Althaus, Tudelas, Lavalles y Belaundes, apropiadores de riquezas que ellos no habían creado.

La historia es conocida. Como había mucho dinero del guano y muchos indios que pagaban los tributos que fueron rebautizados como contribuciones, ningún rico pagaba impuestos. Los gastos del Estado fueron creciendo y las deudas acumulándose a partir de los ferrocarriles construidos por Henry Meiggs, el aventurero que se dio el lujo de comprar a la oligarquía limeña y tenerla sujeta a su libreta de pagos. Mientras el auge constructor creaba superfortunas en Estados Unidos, aquí generaba superdeudas y supercorrupción. Cuando hubo que pagar préstamos y deudas, con el estado en quiebra por carecer de base tributaria, Balta y Piérola burlaron a los compradores ingleses del guano peruano y lo entregaron a los hermanos Dreyfus y los franceses. En la rebelión militar de los hermanos Gutiérrez y Fernando Casós contra los consignatarios, Balta fue asesinado y los coroneles hermanos Tomás y Marceliano pagaron su atrevimiento muertos a golpes y colgados de los postes de la plaza de Armas de Lima por los trabajadores de Henry Meiggs, el Odebrecht del siglo XIX. Balta pasó a la historia como la víctima y los Gutiérrez como los dictadores asesinos.

Las familias ricas disputaron entre consignatarios y anticonsignatarios, los odios crecieron, el prestigio del país cayó por los suelos. Manuel Pardo y su joven generación de la Revista de Lima formó el Partido Civil para afirmar a los consignatarios y apartar a los militares de la política; tuvo una visión modernizadora, pero no tomó en cuenta las circunstancias internacionales que se volcarían contra el Perú señalándolo como un país paria cuando, en vez de pagar sus deudas, nacionalizó el salitre para convertirlo en una nueva renta. Perjudicó no solo a los salitreros chilenos sino a Inglaterra, la primera potencia del mundo, sin tener dinero, sin armas modernas, sin buques de transporte ni acorazados, no tuvo tiempo para asumir las consecuencias de sus atrevidas acciones; y cuando el sargento de guardia Melchor Montoya lo asesinó también, justo un año antes de la guerra, en 1878, se fue al otro mundo, pero dejó el problema como legado.

Antes de entrar en la guerra a la que Bolivia y Chile nos obligaron, ya éramos  nación derrotada en las finanzas. Un país exhausto por sus deudas y carente de educación y organización para la guerra no pudo enfrentar la venganza inglesa que llegó por la vía de la invasión chilena. Ido Prado en una especie de viaje secreto y fuga, constituido el levantisco, inexperto e irresponsable Piérola en dictador, abandonados los militares de carrera a su suerte, la costa fue derrotada en Arica, Chorrillos, San Juan, Miraflores y Lima; pero enseguida los Andes resistieron heroicamente bajo el mando de Cáceres. Obligamos a Grau, a Bolognesi, Alfonso Ugarte, a miles de mujeres y hombres, a un sublime pero inútil sacrificio; enviamos a la muerte a miles de indios mal armados, muchos no sabían ni siquiera por quién estaban combatiendo. Cuando, fugados Prado y Piérola, inmovilizado por su nula voluntad de combate Montero, secuestrado por los invasores el presidente cautivo García Calderón y dedicado Iglesias al colaboracionismo y la traición,    Cáceres burló una y otra vez a los invasores en las alturas de los Andes, recién las mejores mentalidades del Perú descubrieron que los analfabetos explotados de la sierra eran buenos soldados y capaces de defender la patria como no lo habían podido hacer desgraciadamente los hijos de las ricas familias limeñas que, pese a su sacrificio, fueron inocentes víctimas enviadas a la muerte por Piérola en San Juan y Miraflores.

Una nueva sublevación de las multitudes indígenas dirigida por Pedro Pablo Atusparia y Uchcu Pedro fue sofocada por Iglesias. Pasada la guerra, los jefes que combatieron en la resistencia andina con Cáceres fueron perseguidos por Piérola que volvió a reunir a los consignatarios y refundó la denominada república aristocrática que duró hasta 1930. Piérola, el ególatra dictador que llevó Lima a la catástrofe, quedó como el héroe de la jornada. Y Mariano Ignacio Prado, el extraño protagonista del viaje secreto en busca de buques y armas, pasó a la historia convencional como el traidor del 79.

Después del inevitable y entreguista contrato Grace firmado por Cáceres, González Prada selló el fin del siglo XIX con sus imprecaciones y abrió el siglo XX educando a una nueva promoción popular en las ideas anarquistas. Clorinda Matto denunció en Aves sin nido la explotación de los indígenas por curas y terratenientes, pero los pierolistas asaltaron su casa, destrozaron la imprenta de su hermano, quemaron sus libros y tuvo que morir exilada en Buenos Aires.

Se había abierto el renovado dominio de las elites herederas de los consignatarios, por entonces ya educados en la Francia postnapoleónica. La generación del 900, los García Calderón, Belaunde y Riva Agüero, formularon las primeras preguntas incómodas a su propia clase social. Pero sus familias, y ellos mismos, no imitaron la revolución de 1830, ni la de 1848, menos la comuna de 1871, no acogieron las ideas de Proudhon o Víctor Hugo, en vez de eso repitieron aquí la belle epoque y se hicieron positivistas, es decir, creyentes en que el Perú era un país bárbaro que debía ser civilizado.

Hasta que, cuando acabaron los tiempos de bonanza y acaeció la tragedia de 1914 – 1918, una nueva ruptura dentro de esas mismas elites generó los fenómenos políticos de Billinghurst y Leguía. El primero, un rico tarapaqueño que despreciaba a la elite limeña, fue rápidamente eliminado de la presidencia mediante un golpe de estado; y el segundo, el intruso financista Leguía, fue el sorpresivo castigo a los ex consignatarios ahora convertidos en algodoneros y azucareros. Financiado por Estados Unidos, asociado al naciente imperio del norte, Leguía fundó la Patria Nueva. Los civilistas tuvieron que soportarlo y odiarlo durante once años hasta que el crash de 1929 lo dejó sin fondos; sobrevino una nueva venganza: pero para eso usaron al militarismo y ordenaron sepultar a Leguía en la prisión abandonándolo a la muerte.

La generación de los 20 y 30, la de los Lévano, Barba, Fonkén, Sabogal, Castro Pozo, López Albújar, Valcárcel, Valdelomar, Vallejo, ya no fue aristocrática sino popular, provinciana y cuestionadora. Obreros ilustrados del anarquismo, aristócratas de provincias como Haya de la Torre, parientes pobres autodidactas como Mariátegui, maestros como Vallejo. Las revoluciones rusa y mexicana eran un paradigma y una invitación a la acción. Entonces, ante esta nueva amenaza, el militarismo fue resucitado por la oligarquía civilista que ya no se dio el trabajo de formar partido; y fue destinado nuevamente a defenderla de los embates de un pueblo más numeroso y menos controlable. Ya era la época del fascismo en Europa, de la guerra civil española. Aquel movimiento reaccionario y violento de camisas negras y pardas fascinó a la elite feudalista del algodón, el azúcar y las haciendas, porque en Italia y Alemania sus militantes disolvían sindicatos por la fuerza, golpeaban y mataban a judíos, anarquistas y comunistas. Librarse de apristas y comunistas con esos métodos en vez de entenderse con ellos y abrirles espacio en el sistema político, perseguirlos, torturarlos, apresarlos, fue entonces la obsesión de los ricos peruanos convertidos en fascistas. Para hacer eso se sirvieron del violento comandante Sánchez Cerro y el general Benavides. Más muertos en Trujillo en 1934, más fusilados, más mártires arrojados sin esperanza a las mazmorras. Durante quince años, oscilamos entre la guerra civil, la guerra política, las torturas, el exilio, la censura y las prisiones. La violencia abierta o solapada ha sido la permanente compañera de la república criolla.

Después de esos años de tiranía, cuando no pudieron evitar un retorno de libertades luego de la segunda guerra mundial, ya no se pudo mantener una democracia estable durante la corta primavera de 1945, demasiado sectarismo y fanatismo, demasiado infantilismo, demasiados odios acumulados que culminaron con el asesinato de Francisco Graña Garland y la revolución marinera aprista del 3 de octubre de 1948. El débil retorno a una democracia inmadura fue cerrado prontamente por una nueva dictadura: la de Odría. Y después de ocho años de silencio, entre el 48 y el 56, tuvimos que aceptar al segundo Prado y al primer Belaunde entre el 56 y el 68, conductores de una democracia cautiva de los Estados Unidos, cerrada a la tercera parte del mundo que ya era socialista; la nuestra fue una democracia corrupta y controlada por los poderes externos, que se mantuvo hasta promediar el siglo.

Mientras tanto, los problemas sociales se iban acumulando. El inusitado crecimiento de la población a partir de los cuarenta tomó al país de sorpresa. Ni Lima ni las ciudades del interior estaban preparadas para recibir la ola migratoria que desbordó los Andes. No había ni hospitales ni escuelas suficientes para atender a una población que crecía y crecía, ni fábricas para darles trabajo. Los políticos no comprendieron los nuevos fenómenos sociales, ni entendieron que era necesario hacer reformas en la ciudad y el campo, lo suficientemente profundas para enfrentar los problemas que traíamos desde la colonia. Veinte años después, recién con Francois Bourricaud, José Matos Mar, Augusto Salazar Bondy, José María Arguedas, Jorge Bravo Bresani, Carlos Delgado y otros, empezó la reflexión filosófica, antropológica y política sobre ese “desborde popular” bajo el marco teórico de la sociología, la antropología y la teoría de la dependencia. Antes, una generación de poetas, pintores y narradores renovó la cultura desde el 45: los poetas del pueblo Gustavo Valcárcel, Gonzalo Rose, Guillermo Carnero Hoke. Poco después, Alejandro Romualdo, Manuel Scorza y José María Arguedas, siguieron la narrativa legada por Ciro Alegría y la poesía de Vallejo. Fueron inspiración para una ola de protestas de las nuevas generaciones, recuperaciones de tierras por parte de las antiguas y nuevas comunidades, intentos de guerra de guerrillas por parte de la juventud, y luego se fueron produciendo debates e intervenciones cada vez más integrales de la Iglesia Católica del Concilio Vaticano II y las fuerzas armadas para resolver esos problemas acumulados. Ese fue el proceso que va desde los gobiernos conservadores de Odría y el segundo Prado al golpe de estado reformista de 1962, el fracasado reformismo del primer Belaunde, las guerrillas de 1965 y el proceso revolucionario militar en 1968.

Desde el sacrificio de Enrique Águila Pardo y la fracasada revolución aprista del 3 de octubre de 1948 a Javier Heraud; desde Hugo Blanco, Luis de la Puente, Guillermo Lobatón y Máximo Velando hasta Juan Velasco Alvarado, una onda revolucionaria campesina, militar y civil, corrió paralela al régimen oligárquico de los Odría, Prado y Belaunde, mientras las migraciones internas cambiaban el paisaje social.

Con Velasco fueron siete años de reformas estructurales. La reforma agraria entregó siete millones de hectáreas para organizaciones campesinas, la reforma industrial abrió a los trabajadores la posibilidad de compartir con los empresarios la gestión y la propiedad de las empresas, una política exterior independiente permitió al Perú relacionarse en condiciones de igualdad con el resto del mundo, los recursos naturales fueron recuperados, el petróleo fue nacionalizado, los trabajadores pudieron organizar miles de sindicatos, se abrió la posibilidad de que el Perú tenga un gobierno realmente democrático surgido de sus bases obreras, campesinas y populares. Pero el esfuerzo se agotó, la revolución fue cercada y las fuerzas conservadoras, luego del golpe contrarrevolucionario del 29 de agosto de 1975, recuperaron el control de la política e iniciaron el retroceso a la situación anterior. Hicimos el camino de regreso, transitamos de Morales Bermúdez a Fujimori, a través primero de una dictadura militar y luego una democracia parlamentaria en que no estaba representado el creciente pueblo sino los propietarios, terratenientes, banqueros o funcionarios de un Estado que crecía cuantitativamente en cantidad de empleados, pero no cualitativamente en calidad de políticas públicas; una mayoría de políticos obedientes a la nueva dictadura de las empresas y los organismos financieros internacionales. Una Apra domesticada, una Acción Popular frustrada, un PPC creado por los abogados de las empresas para servirlas.

Con   el segundo Belaunde ya totalmente conservador y el fracasado e irresponsable gobierno del primer García, entramos a la guerra civil del 80 – 92. Doce años de terrorismo combatido con terrorismo, ojo por ojo, diente por diente. Sendero fue el éxtasis sangriento, la apoteosis de la muerte y la crueldad. Cientos de bombas, atentados, asesinatos, matanzas, torturas, pueblos destruidos hasta las cenizas, mujeres violadas, jóvenes desaparecidos, soldados inválidos, inocentes condenados, víctimas de uno y otro lado.

Un movimiento popular exhausto, anulado por la desocupación, la represión y la imposibilidad de coexistir con el terrorismo, no pudo enfrentar después de ese infierno, en los noventa, al Fondo Monetario Internacional y los bancos de la dictadura global que usaron a Fujimori y Montesinos para hacerse a precio irrisorio de los bienes públicos, las minas, el petróleo, la flota pesquera, las rutas aéreas, los bancos peruanos, la flota mercante, para secuestrar la democracia limitada pre existente y anular los derechos laborales.

El saldo desde 1975 a 2020, cuarentaicinco años después, nos muestra un país lotizado por sus dueños extranjeros, inválido, sin industria, sin línea aérea de bandera, sin barcos mercantes, con suelo y subsuelo cedidos por décadas a las empresas de la dictadura económica global. Un país con escuelas en ruinas, sin sistema de salud. Seis expresidentes enjuiciados por corrupción. Cambiando un gobierno tras otro, sumido en la suciedad, la contaminación, la carencia de valores y el desorden, el Perú vive ahora una especie de enfermedad terminal, una situación incierta y sin esperanza. El arribo de la mayor pandemia de su historia le ha mostrado la debilidad de su sistema económico y político que contrasta con su riqueza en recursos físicos, naturales y culturales. Liberar la riqueza multicultural y la iniciativa laboriosa de su pueblo, recuperar sus recursos naturales, es posible, pero nadie se atreve a hablar de eso, paralizado el país por el temor al cambio, encerrados como estamos en cárceles mentales. Transcurridos 200 años desde 1821 somos un país más poblado, pero también más contaminado, colonizado y débil. Todo está por hacer, todo está por empezar. O por reempezar si evocamos a Juan Santos, Túpac Amaru, Tomasa Tito Condemayta, María Parado, Luis Bustamante, Miguel Grau, Francisco Bolognesi, Leoncio Prado, Catalina Buendía, Andrés Avelino Cáceres, Pedro Pablo Atusparia, Teodomiro Gutiérrez, José Carlos Mariátegui, Alfredo Tello Salavarría, Javier Heraud, Luis de la Puente, Guillermo Lobatón, Juan Velasco y tantos otros cientos, miles de peruanos y peruanas que dieron sus vidas por un país mejor. También muchos asesinados en una república que nunca dejó de ser violenta: José Balta, los hermanos Gutiérrez, Manuel Pardo, Luis Sánchez Cerro, los esposos Miro Quesada, el general Antonio Rodríguez, Francisco Graña Garland, murieron violentamente en atentados o asesinatos.

El presente es de tragedia y sumisión a los poderes externos, pero el futuro todavía puede ser nuestro porque, más allá de nuestra voluntad, todo cambia en el mundo. Como hace doscientos años, en algún momento, los procesos de cambio mundial coincidirán con los anhelos de cambio nacional.

 

BIBLIOGRAFÍA

Héctor Béjar. Vieja corónica y mal gobierno, historia del Perú para descontentos. Lima: Achebé ediciones, 2019.

Pedro Novo y Colson. Historia de la guerra de España en el Pacífico. Madrid: Fortanet, 1882. (Edición facsimilar de Amazon books).

Bartolomé Mitre. Historia de San Martín y la independencia sudamericana. Miami: Hardpress, 2018.

 

 

[1]  Pedro Novo y Colson. Historia de la guerra de España en el Pacífico. Madrid: Fortanet, 1882. (Edición facsimilar de Amazon books).

[2] Bartolomé Mitre. Historia de San Martín y la independencia sudamericana. Miami: Hardpress, 2018.

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